viernes, 2 de mayo de 2008

Análisis Semiótico de Entrevista con Paulo Coelho

Ordenamiento Cronológico

El texto presenta una estructura alineal, pues se empieza con una dedicatoria que el entrevistado realiza al final de la entrevista. seguidamente, se da paso a una entrevista con una estructura simple, de pregunta y respuesta, trascurriendo en el órden en que se realizaron las preguntas.

Sin embargo, según explicó el mismo Perdomo, durante la entrevista, a petición del entrevistado, se deja de grabar parte de la conversación, luego de esto, la grabación continúa, hasta llegar a la despedida.

Acción Principal

Pueden considerarse distintas acciones desde distindas perspectivas de la entrevista, pero la más concreta es dar a conocer no tanto la obra literaria de Paulo Coelho, sino una perspectiva más personal. Entonces la acción principal sería mostrar la personalidad e ideología mística y mágica del entrevistado

Ordenamiento Lógico

Cómo inicia

Al tratarse de una entrevista, la trama inicia con la presentación del periodista José Luis Perdomo y Paulo Coelho, el entrevistado. Es un momento en el cual el periodista no sabe y por eso pregunta, para posteriormente dar a conocer a un público interesado en la información, de igual manera, el entrevistado cuenta con una información y está dispuesto a transmitirla, la trama entonces inica con la ignorancia de quien pregunta y la disposición a brindar la información por parte del que la tiene.

El transcurso

Se presenta una plática extensa, en la cual se busca conocer el pensamiento del entrevistado, se busca además una explicación de su obra para luego, al conocer su posición ideológica, tratar de crontastar sus ideas con otras antagónicas a las suyas.

El final

En este punto se busca conocer una parte más superficial del entrevistado, después del clímax del contraste de ideas, para bajar el ritmo de la plática se muestran detalles exteriores o físicos, que aunque tengan importancia, no son indicadores centrales de su ideología y su personalidad, y ya sin nada más que agregar llega el final de la entrevista.

Programa Narrativo

Al tratarse de una entrevista, el programa narrativo no es relevante pues no nos cuenta una historia, a menos que se estuviese analizando la experiencia del entrevistador al realizar la entrevista, las anécdotas que pueda tener, etc, sin embargo no nos interesa conocer una historia sino el la manera que tiene el entrevistado de ver el mundo.

Componente Descriptivo

Personajes

Intervienen: Paulo Coelho, el entrevistado que da la información hasta ese entonces ignorada.

Jose Luis Perdomo, el entrevistador, quien formula las preguntas al entrevistado, emite comentarios propios lo cual nos sirve para conocer mejor su posición ideológica además sirve de nexo entre las ideas presentadas por Coelho y la ideas contrarias a las propuestas por éste.

Breton, Uppalari Gopala Krishnamurti, personifican a las propuestas ideológicas contrarias del entrevistado.

Oposiciones

Entrevistado - entrevistador
conocimiento - ignorancia
individualismo - colectividad
libros vendidos - libros leídos
literatura mágica (evasor de la realidad) - propuestas lógicas/científicas (explicadores de la realidad)
salvadores- estafadores
búsqueda de conocimiento-estancamiento del crecimiento personal
carencias afectivas - felicidad
interes personal-interes colectivo
desvaloración de la vida - dignificar la vida
ideas propias - ideas ajenas

El texto no especifica espacios, pero hace referencia a tres tiempos, el antes, cuando no había llegado el mensaje del autor, el de divulgación del mensaje y el posterior al mensaje, se habla de cambios de conducta a partir del contacto con el mensaje.

Propuesta ideológica

Paulo Coelho es claro en su propuesta ideológica, es un mensajero de la destrucción, afirma que la visión apocalíptica es la más reconfortante, que hay un caos que domina al mundo y lo conducira a la destrucción, a partir de ello, ofrece una "adaptación a una nueva realidad", que aunque hayan dificultades, se hacen ciertos cambios y por eso estamos mejor que antes.

Además afirma que la búsqueda individual es la más importante, en la cual se intenta comportarse de cierta manera para quedar bien con alguien superior, para que se consigan favores y se eviten castigos, propone una vida alienada, desvaloriza al individuo y lo hace objeto de un ser superior.

Además propone vivir el hoy, sin tomar en cuenta al pasado y al futuro, logrando completar así su mensaje alienante, separando al hombre de la historia, lo aleja de ser sujeto de cambio y lo hace objeto del momento.

Da respuestas a las más elementales dudas de sus lectores, con respuestas fáciles explica que nada importa, solamente quedar bien con dios, obedecer, ser individualista y no solidario, que el fin está cerca y la dominación es necesaria para controlar a los hombres, les hace la idea de ser felices al vivir como objetos y no como sujetos, propone eliminar el: ¿porqué? y explica que el hombre no puede comprender lo que un gran arquitecto hace funcionar, invita a no pensar por sí mismos, a que compren sus libros y lean la biblia para encontrar respuestas, esto para mantener el sistema de dominación al cual él sirve.

lunes, 21 de abril de 2008

Las irreverencias del espejo burgués

Raúl De La Horra, un personaje burgués, con total irreverencia (aunque dentro de lo permitido) hacia la forma de pensar con que crecen quienes pertenecen a su clase social, nos muestra continuamente una serie de escritos, ahora reunidos en un libro, en los cuales analiza y critica la situación social, cultural y en ocasiones económica, de ciertos grupos de nuestro país.

Y es desde el punto de vista que el mundo burgués le inculcó desde su temprana formación (de Raúl), en el cual De la Horra, cual individuo que se mira en el espejo y analiza, descubre y redescubre posibles aciertos y errores, critica la imagen que ve en dicho espejo y la explica de una manera tan sutil como una caricia con un pétalo de una rosa, pero no más violenta y punzante que un pinchón de alguna espina (espinita) de la misma planta.

Obviamente el espejo es la realidad en la que él se ve reflejado, al estar frente al espejo analiza su situación, razona y critica lo que ve, luego se redescubre dentro del contexto que él mismo analizó desde el exterior y seduce esa realidad, tiene sexo con ella (que en un sentido metafórico o filosófico, podría entenderse como si él, después de analizar el contexto, ya no es objeto de análisis, sino sujeto de cambio, una visión muy dialéctica para un burgués, por ese motivo es la irreverencia).

Es menester aclarar la sorpresa en este servidor, al descubrir que un burgués ha desarrollado esta capacidad de analizar el mundo, pues generalmente dichas personas solamente piensan dentro de sus cánones pre establecidos, les dicen cómo pensar, qué pensar, cuándo, cuánto, porqué, etc.

Le felicito don Raúl por no ser un objeto más de dominación mental, pero usted no va a ser un verdadero dialéctico analéctico simplemente por analizar y criticar la realidad, eso simplemente es verbalismo, hay que ver qué tanto lleva a cabo su praxis (no hay que asustarnos por el término relacionado con el marxismo-leninismo), pues una cosa es vivir cómodamente, levantarse de la cama únicamente para agregar una coma antes de almorzar, para luego quitarla antes de dormir, y otra muy diferente es proyectar el conocimiento hacia la mayor parte de las personas que no lo han llegado a descubrir por diversas razones económicas, sociales y culturales.

Por ejemplo, Platón probablemente no hubiese alcanzado la fama que logró, sin una posición económica alta, la cual le permitió pensar mucho sin tener que trabajar como lo hacían sus esclavos. Por el contrario, Diógenes vivió como perro, y aunque nunca encontró al hombre verdadero, al menos supo cómo era éste y dejó las bases para ir en la búsqueda del ser posterior al hombre.

¿Hasta dónde una irreverencia deja de ser un berrinche de niño mal portado? ¡HASTA DONDE PROPONGA UN CAMBIO SISTEMÁTICO DE LA REALIDAD QUE LE IMPONE LAS NORMAS DE CONDUCTA!

A ver pues señor De La Horra, si nos encontramos algún día con lámpara en mano a medio día, trantando de encontrar al hombre verdadero y transmitir así la capacidad de analizar la realidad a quienes lo necesitan con urgencia para mejorar un poco sus condiciones de vida, pues como usted ya sabe, El Periódico lo leemos pocas personas, y menos los sábados.

miércoles, 2 de abril de 2008

ANÁLISIS DE FÁBULA EL ECLIPSE DE AUGUSTO MONTERROSO

EL ECLIPSE


Argumento:

Narra las últimas horas de vida de Fray Bartolomé Arrazola. El religioso después de perderse en selva guatemalteca y al descubrirse cautivo, a punto de ser sacrificado por nativos indígenas, pone en práctica, como último recurso de salvación ante una inminente muerte a manos de aparentes salvajes, el conocimiento occidental para tratar de convencer mediante engaños a sus captores. Trató de hacer precisamente lo que en Europa aprendió: utilizar el conocimiento científico en contra de quienes no lo poseen, para así, atribuirse poderes divinos al explicar lo que, bajo su concepción, era ignorado por los indígenas.

El occidental murió, pues aunque los indígenas explicaban parte de su cosmovisión utilizando la metafísica, ésta no era más mágica e irreal que la europea, más sus conocimientos científicos eran tan buenos como los conocimientos de los invasores.

Conflicto:

Sacrificio de Fray Bartolomé Arrazola, en un ritual espiritual maya.

Secuencia:

El explorador europeo, ignorante de la topografía de la región explorada, se pierde en la selva. Duerme decepcionado y al despertar se ve en peligro de muerte al estar próximo a ser sacrificado a algún Dios ajeno al suyo, seguidamente trata, respaldado por los conocimientos que posee, de engañar a un grupo de personas a su entender, fáciles de manipular. Dichas personas (sus captores), después de tomar una decisión en conjunto, sacrifican al europeo, cumpliendo no solo con la exaltación a su deidad, sino haciendo una doble valoración de su cultura, establecer que los conocimientos occidentales no son mejores que la sabiduría propia.

Oposiciones:

Vida – muerte, Cultura occidental – cultura prehispánica mesoamericana, Perdido – ubicado, Selva – ciudad, Europa – América, España – Guatemala, Distante – cercano, Lenguas nativas – castellano, Cultura universal – cultura local, Dormido – despierto, Libre – cautivo, Capturado – captores, Sinceridad – engaño, Conocimiento – ignorancia, Explicaciones metafísicas de la realidad – explicaciones científicas de la realidad, Luz – oscuridad, Sabiduría – ingenuidad, Credulidad – incredulidad.

Tiempos:

Pretérito perfecto simple.

Espacios:

Selva guatemalteca, ciudad maya, templo de sacrificios.

Propuesta ideológica:

Nacional socialista, al rechazar la injerencia extranjera imperial y hacer valer la cultura propia, ante las imposiciones ideológicas sufridas por los indígenas a partir de ese entonces.

lunes, 17 de marzo de 2008

http://es.youtube.com/watch?v=L9yH00PeBxw

Conducta en los Velorios

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.
En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

FIN
Julio Cortázar